Cuando era más chica, pasaba mucho tiempo con la Camila y su familia.
Recuerdo cuando tenía algo así como ocho años, regresábamos de Fantasilandia a la casa de su abuelita, y el Helmut, el boxer que tenían, se me tiró encima y me puse a llorar como condenada. Lo más chistoso pasó un día, en que veníamos de vuelta de no se dónde hacia el condominio, y el Tío Alejandro bajó todos los vidrios del auto y al pasar al lado de un ciclista, todos gritamos al unísono. Pobre ciclista, casi le da un infarto.
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