En un pueblito rural, pasando el estero se ubica la capilla, ésta es bonita, bien cuidada por Sor Verónica, una monjita bondadosa que atraía a los niños por su dulzura, sus caricias y algunos dulces que siempre tenía en sus bolsillos.
El Padre Antonio, su hermano, era el capellán, bastante entrado en años, pero, todavía se ocupaba de sus deberes eclesiásticos, atendiendo a los feligreses a cualquier hora del día o de la noche.
Era invierno, anochecía, cuando se presenta un muchacho muy afligido, pairecito, le dice, vengo a buscarlo, mi abuelo se nos va, está muy grave y pide que lo asista en confesión.
Rápidamente el sacerdote se pone de pie, su hermana le busca el abrigo y su sombrero, y con una sonrisa de ánimo le dice la noche está muy fría, no vayas a enfermar.
El Padre Antonio sale rápido a pesar de sus años, el muchacho corre tras el pairecito, le dice vámonos por este atajo, llegaremos más pronto, mi abuelo nos espera.
La noche se tornó oscura, al sentir sus pasos los animales nocturnos corren entre los matorrales, vuelan las lechuzas y los murciélagos produciendo una gran algarabía.
Al fin llegan, lo anuncian el ladrido de los perros, la dueña de casa corre a recibirlos, pase padrecito, el enfermo quiere aliviar su conciencia.
Al verlo el sacerdote se estremeció, quizá por el frío de la noche o por la proximidad de la muerte.
El enfermo se agravó, no hubo ninguna posibilidad de confesión. El Padre igualmente lo asistió administrándole la unción de los enfermos.
En ese instante el abuelo abrió los ojos dibujando en su rostro una sonrisa y expiró.
Esa sonrisa de sus instantes postreros, dejó a todos los presentes un recuerdo indeleble que mitigó un poco el dolor de su partida.
El sacerdote, aunque acostumbrado a esos trances, no pudo ocultar la emoción de haber ayudado al abuelo a entregar su alma a Dios.
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Este cuento lo hizo mi abuelita materna, y no lo incluyeron en el libro de su taller literario los muy cretinos. Hum!
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