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para engañar a la memoria

mayo 20, 2009

El ausente

Era invierno y tú estabas suspendido en medio de la densa niebla, con tu abrigo negro, lleno de poros imaginarios. -Estoy aquí, te dije buscando mi cara con tu mano sin que me entendieras, te hallabas obnubilado con la estética sombría del lugar.
Los ojos vacíos, y yo creía que me mirabas.
Algo que te hacía hueco y se te asía a la piel, como si hubieras muerto. Te volviste blanco, traslúcido, y yo comencé a temblar. Se me enfriaron la nariz y las manos y los ojos se me inundaron.
Ya no había abrigo negro.

Y entonces comprendí que no bastaban mis desmedidos esfuerzos, no bastaba que te quisiera presente, no bastaban mis ojos, mi amor, mi comprensión, ni mi leal compañía. Tú te habías ido antes de que llegaras con el abrigo negro y tu habladuría sobre la vida. Tú estabas enroscado en la agonía misma, se te habían partido los labios y decías que tenías lo que a mí me faltaba. Mascullabas un incesante discurso de necesidades y cosas por hacer, te enredabas, te desdecías, te angustiabas, sonreías. Vivías sin querer vivir aquí. Y yo, con la vista prendida a ti, no entendía. O si lo hacía y no quería.
O si quería y me convencías.
No sé.

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