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para engañar a la memoria

septiembre 02, 2009

No dormí bien anoche. Me acosté leyendo conversaciones, y se me repetían después como sueños entrecortados, y no sé si soñé, no sé si pensé. Me di vueltas, vi la hora y eran las 5:45 am y me quedaba media hora, porque puse el despertador más tarde. Me rendí.
Ando torpe, el equilibrio me falla hoy, huelo caca de perro en todas partes -y no porque pisé, porque de eso hace días- y ando con pena, quizá porque a todo el mundo le importa más todo que al involucrado, que me omite olímpicamente. Escucho la misma música en el metro hace días, la Mila dice que ahora le gusta escuchar mi pendrive y no el de ella, pero a mí no sé. No sé nada. Evito pensar, porque si pienso lo hago en puras tonteras.
Y leo, leo Legislaciones y Contabilidad, y a veces entiendo. Saco una jalea del refri y veo que queda poca leche condensada. Mi mamá llegó con bolsas del super y me trajo unas galletas Gran Cereal, porque me sabe triste.
Hoy vi al Rubén en el metro, nos vinimos hablando todo el camino y me dijo que siempre andaba alegre, que nunca me había visto de otro modo. Yo por eso digo que hay que desconfiar siempre de la gente feliz, o de la muy buena. Y me puse a pensar en mis compañeros felices, y en que llegan a sus casas a morir, como la Daisy, pero no me la imagino deprimida, a ella no.

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