Tengo facilidad para enamorarme de hombres que veo en el transporte público, ya he comentado en alguna oportunidad sobre mi Jude Law del metro, o sobre el amor de mi vida, al que no conocí en la micro ni en el metro a decir verdad, pero igual cuenta entre mis enamoramientos momentaneos.
Hoy en Santa Lucía se subió a la micro un saxofonista. Al ver ese enorme instrumento me despegué instantáneamente de mi lectura y me sumí en los bosanovas que mi saxofonista hacía salir de su saxofón nota a nota. Cuando no tenía los ojos cerrados me miraba, y sé que no por mi belleza exuberante, sino porque las miradas atraen miradas. Y me enamoré así de un saxofonista, y me sentí como Golondrina del rosario prendida al recuerdo de su trompetista colorín.
Yo creo que si al desgraciado que pretenda mi amor se le ocurre llevarme a ver a algún saxofonista (porque obviamente tendría que saber que adoro ese instrumento), perderá como en la guerra, porque sin chistar me iría con el músico.
Así que usted caballero que quiere ganarse mi corazón tan esquivo, aprenda a tocar el saxo, o el sexo, o mejor los dos a la vez, y tendrá al tiro 100 puntos ganados.
1 comentario:
pucha, es que por un saxofonista hasta yo me enamoro *~*!
Publicar un comentario