Me gustaría que las cosas hubiesen ocurrido de otra manera, al menos contigo. Poder seguir hablándote sin tener esa sensación incómoda con cada palabra, eso de sentir estar molestando. Poder contarte mis cosas, que me cuentes las tuyas. Por ejemplo, decirte que ando idiota, la Erika ayer me dijo que se notaba, eso que de verdad en ese momento no me sentía idiota. Decirte que estoy cansada, muy cansada, que me dan ganas de llorar por cualquier cosa y ni siquiera tiene que llegarme la regla. Contarte que sí, haré la práctica y perderé mis vacaciones otra vez, que me llamó la argentina de la pastelería y luego de pensarlo y repensarlo unas mil veces me decidí a ir.
No me puedo concentrar en nada, leo y releo las guías de Legislación y no entra nada en mi cabecita hueca, estoy pendiente de muchas cosas a la vez, o quizá ni tantas, pero no abarco nada realmente. Quiero llorar. Quiero poner caras feas como dice la Isa, así, mientras más fea me pongo, más siento que saco mucho de la angustia atrapada en el pecho, en la guata. Quiero despertar abrazada al cojín rosado que me regaló la Andrea hace años, ese hedeondo a babas de siestas. Eso, quiero otra siesta contigo, que mejor no sea el cojín, sino tus piernas. Pero mejor ya no quiero nada, en realidad no quiero nada de ti, es que cada vez que escribo en este blog los dedos se me enredan en buscarte, pero no quiero buscarte. Y no porque hacerlo signifique volver atrás o no sé, no sé, sino porque buscarte es solo afán de añoranzas sin base. En el fondo la verdad es que no quiero, debe ser mi adicción al melodrama que se apodera de las líneas que escribo ahora. Que cosa más tonta Diosito. La soledá. La excusa para no estudiar.
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