De repente me parece que los días compartidos son mejores. Veo series y la gente vive con amigos, y todo parece más entretenido: quiero gente alrededor. Deseo profundamente llegar a la casa y que haya alguien, decidir qué comer, o llegar justo a la hora de almuerzo y que ya esté hecho, no tener que cocinármelo rápido con hambre voraz. No me gusta más estar sola.
Anoche vino Francisco con comida del thai, la devoramos rapidito, yo con mucha culpa por incumplimiento de dieta. Le pedí que se quedara conmigo, que yo dormía en el rincón hundido porque le faltan dos tablas bajo el colchón. Pobre, apenas lo dejé dormir. Me pongo muy inquieta en esta cama pequeña, y me dan ganas, muchas e incontrolables ganas, de que tengamos una cama grande, de compartir todos los desayunos y después cada uno a sus labores, de vernos en la noche y contarnos el día. Pero creo que falta mucho para eso y yo necesito que esta situación cambie, la casa se me hace muy grande y cuando vienen visitas no quiero que se vayan más.
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