Me he enamorado del modo de hablar de los colombianos. No sé cómo no lo noté cuando escuchaba a Don Armando en Betty la fea y solo ahora he caído cuando oí al garzón nativo de dicho país en el Restorant.
Presiento que si fuera a Colombia me deportarían por pervertida y violación a la intimidad de la gente, qué sé yo, por seguridad me quedaré aquí en Chilito.
Dicen mis compañeros de trabajo que estoy loca, y que tengo una rapidez innata para encontrar una canción con cada cosa que me dicen. Los garzones me tiran esas tallas fomes de que canto bien pero se me escucha mal. La Maca me dice con un tono en broma, que yo sé que es en serio, que hago el ridículo. La Thania se ríe de las caras que pongo y yo convencida le digo que soy un emoticon. El Shimi me sigue en mis bailes a lo Greese Brillantina, y el Mauri, el chef, me dice con la voz más dulce que encuentra, que soy un wurlitzer, pero de eso también lo convencí yo.
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