Con las Bestias habíamos acordado un "código nieve", el que consistía en enviarnos sms's cuando supiéramos de nieve en la ciudad. HOY ERA EL DÍA DE APLICARLO!.
Así que tomé mi celular y comencé, emocionada hasta morir, porque yo NO conocía la nieve, pooobre!. Y la Jenifer se entusiasmó y partimos rumbo a la felicidad.
Llegamos al metro Manquehue y subimos cruzando los dedos y rogando para que hubiese nieve, y al momento de subir MORIMOS, eran bolitas blancas cayendo de a poquito, BOLITAS DE FELICIDAD!.
Fue lo más maravilloso, si nevaba en Manquehue, nevaba mucho más en San Carlos de Apoquindo.
Íbamos en la micro como huasas de la nieve, subiendo por Apoquindo extasiadas. Inacap nevado, la plaza Los domínicos blanca y llena de niños jugando y las casas iguales a esas imágenes de películas navideñas gringas.
Llegamos al terminal de la C 02, al frente del Duoc, y subimos corriendo a un pequeño cerrito, obvio que al tiro decidimos hacer un mono de nieve. Nos quedó hermoso, y la nieve caía y caía llenando los espacios vacíos, quemando el pobre pastito :(.
A un lado, estaba parado un caballero, que nos miraba armar a Ernesto (el mono de nieve) y hablaba por celular con su hijo o qué sé yo, y le contaba de nosotras. Se llamaba Juan, se tomó una foto junto a Ernesto.
Y la Isa no pescaba, y la Camila decía que no iría porque estaba toda mojada después de la marcha por la educación, apodada el día de hoy como "la marcha de los paraguas", y el Álvaro menos, que ni siquiera recibía los mensajes. En resumen, estábamos solas allá arriba, pero muertas de alegría.
Ernesto era todo un suceso, la gente se acercaba a nosotras y nos pedía fotografiarse con él, a luca les decíamos que salía la foto, y así nos hacíamos amigas momentáneas de todos.
Yo ya estaba experta en el mecanismo fotográfico de todos los celulares junto con tener guardadas varias tarjetas de gente que quería que les enviara las fotos.
Hasta que la Isa nos llamó y nos dijo que iba en la micro a nuestro encuentro. Estaba muerta de frío, y llevaba unas zapatillas de lona, a diferencia de nosotras que estábamos más preparadas.
Teníamos los pies empapados y ya no los sentíamos, por eso nos fuimos al Duoc a tomar un café, que era para lo único que nos alcanzaba la plata.
Y ahí nos encontró don Juan, que nos invitó otro café y nos compró unas galletas de limón que agradecimos llenas de amorcito.
La parte que conocí del Duoc era bacán, habían muchos sillones café, cómodos y hermosos. Nos sentamos y estrujamos los calcetines, para devolvernos con la certeza de que nuestras vidas habían cambiado, o al menos la mía, ahora conocía la nieve.



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