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para engañar a la memoria

marzo 06, 2008

Viaje a Aculeo

Nos vamos a Aculeo con mi mamá y la abuelita a visitar por el día a la Tía Mencho (hermana de mi abuelita).
La micro la tomamos en el terminal San Borja en Estación Central que ahora están remodelando y hay que caminar un montón (mi abuelita se queja todo el camino por la distancia). He tratado de dormir un poco, pero hay una corriente de aire asquerosa que me tiene la nariz congelada.
Antes de llegar a destino pasamos por Paine, donde vive mi tío Pepe (hermano de mi papá), luego por un pueblo llamado Hospital, lugar donde mi abuelita aprendió a colocar inyecciones.
Nos hemos demorado al rededor de hora y media, Aculeo nos recibe con un túnel de árboles torcidos, paisaje realmente hermoso.
La casa es preciosa, antigua y en realidad ninguna maravilla arquitectónica porque los años pasan y no en vano, el jardín lleno de flores, unas amarillas llaman mi atención y quiero fotografiarlas. La cocina es gigante y los pollos y gallinas están por todas partes. Nos reciben la Tía Mencho junto a Rubén, su hijo.
Rubén nos cuenta que van a hacer chicha y con mi mamá vamos a ver cómo se hace argumentando que estudio gastronomía y que seguramente me interesa (nunca en la vida había visto eso), el campo para mí es un mundo nuevo.
Es casi medio día y se aproxima la hora del almuerzo, con mi mamá vamos a comprar bebidas a un almacén cercano a la casa propiedad de uno de sus primos, el cual no está porque anda de viaje en la playa con su polola -de hace años e histérica-, pero está su mamá, la señora Ilia, quien nos hace pasar y nos habla de su vida, de una operación a la rodilla que tuvo en diciembre y del cuasi-robo que sufrió el almacén.

Por la tarde, luego de almorzar, nos vamos a caminar con mi mamá por el pueblo, es una calle larga que antiguamente era de tierra, pero que la modernidad ha tapisado de cemento gris y repletado a su alrededor de almacenes con maquinas traga monedas.
Mientras caminamos nos fotografiamos en lugares que nos parecen bonitos, y escucho las historias tejidas en ese lugar contadas por mi mamá.
Al llegar nuevamente a la casa vamos a ver las siembras. Hay tomates, zapallos con un nombre que no logro retener, ajís, varias higueras y otros tantos nogales. Pienso que me gustaría tener una casa gigante con una cocina más inmensa aún, en el jardín tener un nogal, un naranjo, un palto, un limonero, y un durazno, y llenarlo de flores, de esas amarillas que he fotografiado miles de veces pero las pilas de la cámara me juegan malas pasadas, y de hortensias en honor a mi madre.

En la cocina hay olor a queque, pero no quiero hacer ningún comentario por temor a equivocarme, pero sí, es queque.
Se hace tarde y tenemos que irnos, la micro pasa y no nos alcanzamos a despedir de la Tía Mencho así que le hacemos señas desde arriba.

Ahora estoy escribiendo en mi casa, tuve que calmarme antes de hacerlo porque caí en un estado angustioso-lloroso. Todas las fotos que habíamos tomado se borraron misteriosamente de la cámara, todas. Me siento impotente. Y quiero que me responda. Y necesito protección ahora, pero no cualquiera, qué problema.

2 comentarios:

lonely_butterfly dijo...

por qué redactas tan bien? como que en un instante senti que estaba leyendo un libro...deberias ser escritora =)

que bueno que has viajado tanto este verano...yo no he salido de santiago desde octubre del año pasado =(

esop, adios!!

phrii dijo...

Ay, querida estimada-Missa, te entiendo a la perfección.
Sigo con ganas de contarle lo orgullosa que me siento de mí (eso es algo nuevo). Me siento adulta y quiero sus brazos para sentirme plena, pero pucha, siempre esquivando. Qué problema.
Menudo problema =P

Um... si yo contara mi día de ayer diría, estuve 8 horas haciendo llamadas y sería =P.

A mí no me llama la atención el campo, he vivido muchos veranos ahí, y ya no le encuentro brillo. La ciudad me enajena desesperadamente =P