Páginas

para engañar a la memoria

mayo 13, 2008

Inconexos

Cada mañana de ese otoño, tomó su abrigo rojo y recorrió las calles pisoteando hojas secas que caían de los árboles, dando saltos entre una y otra, como si cayese un maleficio sobre ella si osaba pisar suelo descubierto de hojas.
Cada noche de ese invierno miró por su ventana pasar gente, y esperó junto al teléfono su llamada, perdiéndose en conclusiones inconexas que no le llevaban a nada. El teléfono nunca sonó, y, aunque odiaba el vibrar inesperado que tenía cuando entraba una llamada, saboreó mil veces en su mente aquel que sentiría cuando él llamara.

Y el alma se le fue poniendo pequeñita, ya sin presentimientos, ya sin certezas. Incluso, la tristeza se le fue encogiendo porque aquello que alimentaba sus alegrías y penas había desaparecido.


Él por su parte, ordenaba ideas en su cabeza mientras saboreaba el delicioso café que una amiga le acababa de enseñar a preparar.
Cada mañana de ese otoño, enredó en su cuello la bufanda tejida con tanto cariño y caminó por orillas de canales y ríos. Algo se le inflamaba por dentro cuando recordaba, entonces decidió no hacerlo más, se le daba fácil el controlar los sentimientos.
Cada noche de ese invierno marcó las primeras cifras de su número telefónico, pero se resistía a la idea de terminarlo. Al fin y al cabo siempre existiría una excusa para no hacer la llamada y no necesitaba tanto hacerlo.

Y el alma se le fue poniendo pequeñita, ya sin presentimientos, ya sin certezas. Incluso, la tristeza se le fue encogiendo porque aquello que alimentaba sus alegrías y penas había desaparecido.

1 comentario:

Katherine Kock dijo...

Ay, que pena.
Tonta tú!

Cómo quisiera poder ayudar, pero soy inútil.
Además que ni tú quieres mejorar.
Te quiero mucho mucho.

Alegría.